jueves, 23 de junio de 2011

Adicción a la Comida



La raíz del problema no está en lo que se coma, sino en el porqué, de modo que se convierte en una dependencia muy difícil de superar por uno mismo.
Los científicos han demostrado que la actividad eléctrica que se genera en determinadas zonas del cerebro es la responsable de que, ante determinadas experiencias, sintamos dolor o placer. Quienes las padecen buscan con las conductas adictivas un cambio autoinducido: repiten actuaciones concretas para provocar con ellas que las células nerviosas del cerebro produzcan una actividad generadora de un sentimiento específico.
Cada persona desarrolla una forma particular de enfrentarse al miedo, la ansiedad, el estrés, el dolor o la culpabilidad. Algunas son capaces de tratar directamente el problema, pero muchísimas recurren a la bebida, las drogas o el exceso de trabajo. Para otras se hacen crónicos los dolores de cabeza, estómago o espalda.
Estos intentos para eliminar o reducir el estrés o el dolor son temporalmente relajantes y placenteros, por lo que cuesta darse cuenta de que, a la larga, serán inapropiados y dañinos. Todo el mundo sabe que el exceso de comida no es sano, pero sus perjuicios no se notan mientras comemos.
Encubrir otros problemas
No hay una única causa que lleve a una persona a abusar de la comida. Geneen Roth, autora de varios estudios sobre el tema, en su libro Cuando la comida sustituye al amor explica así como para ella, que deseaba perder peso, los kilos de más suponían un escudo con el que protegerse de otros problemas:
”Mientras tuviera la atención pendiente en lo que comía, del tamaño de la ropa que usaba, de la celulitis y de cómo sería mi vida cuando finalmente consiguiera perder peso, no había persona capaz de herirme profundamente. Mi obsesión por el peso era más apasionante e inmediata que nada que pudiera sucederme con una amiga o un amante. Cuando me sentía rechaza por alguien, me decía que esa persona rechaza mi cuerpo, pero no a mí, y que cuando adelgazara las cosas serían diferentes“.
En otro libro, Una sustancia llamada comida, Gloria Arenson, que ha sido directora del Centro de Tratamiento de Desórdenes en la Comida de Los Ángeles, coincide en que muchos de estos enfermos desean de forma inconsciente ganar peso. No sólo se trata de evitar enfrentarse a un problema mayor que el peso.
Entre las mujeres, por ejemplo, es frecuente que ”se aferren a la gordura para negar su sexualidad“. Además, explica que ”las personas con baja autoestima pueden sentirse incomodas cuando se sienten observadas por el sexo opuesto y para ellas la grasa es un abrigo que cubre y protege a la persona.“
Enfermo sin perfil
Los comedores compulsivos son tanto hombres como mujeres de todas las edades y clases sociales. Algunos lo son periódicamente y otros se atiborran de comida diariamente. También hay quienes no se dan atracones, pero que no dejan de comer en todo el día.
Quienes tienen este problema comparten algunas de sus penas con las personas bulímicas. Ambas tienen episodios recurrentes de atracones en los que en espacio de tiempo corto ingieren grandes cantidades de comida, prefieren los alimentos ricos en calorías, a veces comen a escondidas, han intentado más de una vez perder peso y debido a la alternancia entre ayunos y empachos sufren variaciones en su peso.
Con todo ello llegan después los sentimientos de repulsa hacia ellos mismos y la depresión. Es bastante frecuente que hagan dieta constantemente. Se mantienen en permanente estado de privación, de modo que cuando su resolución por seguir el régimen desaparece tienen la sensación de que tienen que comer grandes cantidades para resarcirse de las privaciones anteriores.
Adicción a la Comida: Plan de Cuatro Niveles
Gloria Arenson n su libro Una sustancia llamada comida propone un ”plan a cuatro niveles“. Hacerse consciente de la adicción a la comida y, a partir de ahí, plantearse superar el problema.
1. Nivel físico: la conducta. La autora recomienda llevar un diario en que se reflejen los ”episodios de atracón“, y puntuarlos por su intensidad según una escala del uno al diez.
2. Nivel emocional: los sentimientos. Con cada una de las anotaciones, hay que preguntarse qué hay en nuestras vidas que merezca una puntuación como la que se le acaba de otorgar a la comilona.
3. Nivel cognitivo: los pensamientos y las creencias. Como no se ha encontrado nada que merezca esta puntuación, hay que analizar qué pensamos sobre nosotros mismos después del atracón y por qué creemos que lo actuamos así.
4. Nivel transpersonal: la recuperación del poder. Hay que dejar de sentirse una víctima y se deben buscar las medidas para lograrlo, si se cree necesario hay que solicitar la ayuda de un especialista.

Un estudio  realizado por el Centro Rudd para Política Alimentaria y Obesidad de la Universidad de Yale, logró detectar patrones similares en la actividad cerebral entre personas que sufren de adicción alimentaria y personas que tienen adicciones a drogas y alcohol.
Otras investigaciones ya habían identificado esas similitudes en la actividad cerebral en pacientes obesos y personas dependientes de drogas, lo que permitió desarrollar  la teoría de que algunas personas puede ser adictos al consumo de altas cantidades de calorías como otros lo son a la cocaína. Pero no había  estudios previos al recientemente publicado por Yale que hubieran explorado estos mismos patrones contrastados con la actividad cerebral en personas delgadas.
En efecto, las 48 mujeres investigadas -una muestra que incluyó una población que abarcaba desde adolescentes delgadas hasta mujeres obesas-  respondieron previamente  un minucioso cuestionario denominado Yale Food Adiction Scale que se utiliza para diagnosticar síntomas de conductas alimentarias adictivas.
Posteriormente, utilizando tecnologías que captan imágenes del cerebro en actividad, tales como la resonancia magnética funcional (fMRI), el estudio examinó la relación de los síntomas de adicción a la comida, según la evaluación de la Yale Food Adiction Scale, con la actividad cerebral de las mujeres en respuesta a los alimentos que se le ofrecían. Es decir, se buscó identificar qué partes del cerebro se activaban antes estímulos relacionados con alimentos y con cuáles se relacionaban.
En la primera parte del estudio se analizó cómo se comportaban las señales del cerebro de las personas investigadas ante la entrega inminente de un alimento muy sabroso (un batido de chocolate), en comparación con las señales que se generaban ante la entrega inminente de una solución de mal gusto que se usa como control.
En la segunda prueba se observó la actividad cerebral durante el consumo real del batido de chocolate, resultados que se compararon con la actividad cerebral al tomar la solución de mal gusto.

Ansiedad anticipada

Las personas que habían obtenido los resultados más altos en la escala de adicciones de alimentos mostraron en la respuesta anticipada (cuando se les mostró el batido de chocolate) una mayor actividad en las partes del cerebro responsables de la ansiedad y la motivación para comer, pero una menor actividad en las regiones responsables de la inhibición de impulsos, como en este caso, los de inhibir el deseo de beber un batido de leche. Un patrón similar al que tienen los drogadictos.
Ashley Gearhardt, estudiante de psicología clínica de doctorado en la Universidad de Yale y autor principal, dijo:
Los hallazgos de este estudio apoyan la teoría de que la alimentación compulsiva puede ser impulsada en parte por una anticipación mayor de las recompensas de alimentos. Los adictos son más propensos a ser fisiológicamente  y psicológicamente (permeables, a tener) una conducta reactiva con los factores desencadenantes, como lo puede ser la publicidad. La posibilidad de que las señales relacionadas con los alimentos pueden desencadenar propiedades patológica es motivo de especial preocupación en la actualidad, donde los alimentos muy apetecibles están constantemente disponibles y comercializados en gran medida.
Los autores sugieren que las señales cerebrales desencadenadas por las imágenes de comida resultan tan estimulantes para los adictos a los alimentos, que los hacen experimentar una ansiedad muy similar a la que sufren los adictos a las drogas. Por lo cual, el énfasis que actualmente se pone en la responsabilidad individual (voluntad) frente a la comida puede ser completamente inútil. En ese sentido, decirle a un adicto a la comida que para terminar con sus abusos sólo tiene que dejar de comer, es tan inútil como decirle a un adicto a las drogas que para dejar de serlo sólo tiene que abandonar la cocaína.

Los efectos de la adicción a la comida basura


Los adultos que son adictos a la comida basura comienzan a experimentar todos los efectos negativos de esta adicción: una mayor propensidad a contraer diabetes tipo 2, problemas cardíacos, renales y hepáticos, hipertensión y una miríada de otros problemas que pueden llevar a la muerte. De hecho en algunos países desarrollados muere más gente por problemas cardíacos y cardiovasculares relacionados con una mala dieta y con la obesidad que gente que muere por cáncer.
Igual que en el caso de los fumadores y alcohólicos, los problemas derivados de la adicción a la comida basura se hacen más visibles a medida que envejecemos. Aunque es posible tratar esta adicción, lo mejor es evitar caer en la trampa desde un principio. Por este motivo la comida basura se está eliminando paulatinamente de comedores y colegios y las máquinas dispensadoras de estos alimentos van desapareciendo también de colegios e institutos.
En el fondo la comida basura no sólo nos sustrae lo necesario para permanecer sanos, sino que nos va envenenando poco a poco. Cuanto más evitemos consumir este tipo de alimentos, mayor será la posibilidad de que vivamos una vida sana y prolongada.
 

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